lunes, 09 de noviembre de 2009
Esto es una prueba más de tantas que se hacen en un blog de pruebas. De ahí el nombre del mismo, jejeje.

Y... ¡chuscando texto de pruebas!

En un lugar de la Mancha,de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo quevivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adargaantigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla dealgo más vaca que carnero, salpicón las másnoches, duelos y quebrantos los sábados, lantejaslos viernes, algún palomino de añadidura losdomingos, consumían las tres partes de su hacienda.El resto della concluían sayo de velarte, calzas develludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo,y los días de entresemana se honraba con su velloríde lo más fino. Tenía en su casa una ama quepasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a losveinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillabael rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edadde nuestro hidalgo con los cincuenta años; era decomplexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro,gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que teníael sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay algunadiferencia en los autores que deste caso escriben; aunquepor conjeturas verosímiles se deja entender que sellamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento:basta que en la narración dél no se salga unpunto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredichohidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los másdel año, se daba a leer libros de caballerías,con tanta afición y gusto, que olvidó caside todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administraciónde su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatinoen esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradurapara comprar libros de caballerías en que leer, yasí, llevó a su casa todos cuantos pudo haberdellos; y de todos, ningunos le parecían tan biencomo los que compuso el famoso Feliciano de Silva; porquela claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyasle parecían de perlas, y más cuando llegabaa leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, dondeen muchas partes hallaba escrito: «La razón de lasinrazón que a mi razón se hace, de tal manerami razón enflaquece, que con razón me quejode la vuestra fermosura». Y también cuando leía:«... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamentecon las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora delmerecimiento que merece la vuestra grandeza».

Con estasrazones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábasepor entenderlas y desentrañarles el sentido, que nose lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles,si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien conlas heridas que don Belianís daba y recebía,porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesencurado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpolleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababaen su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquellainacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomarla pluma y dalle fin al pie de la letra, como allíse promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera conello, si otros mayores y continuos pensamientos no se loestorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura desu lugar (que era hombre docto, graduado en Sigüenza),sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerínde Ingalaterra, o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás,barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegabaal Caballero del Febo, y que si alguno se le podíacomparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula,porque tenía muy acomodada condición para todo;que no era caballero melindroso, ni tan llorón comosu hermano, y que en lo de la valentía no le iba enzaga.

En resolución, él se enfrascótanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendode claro en claro, y los días de turbio en turbio;y así, del poco dormir y del mucho leer se le secóel celebro de manera, que vino a perder el juicio. Llenóselela fantasía de todo aquello que leía en loslibros, así de encantamentos como de pendencias, batallas,desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas ydisparates imposibles; y asentósele de tal modo enla imaginación que era verdad toda aquella máquinade aquellas soñadas invenciones que leía, quepara él no había otra historia más ciertaen el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díazhabía sido muy buen caballero; pero que no teníaque ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sóloun revés había partido por medio dos fierosy descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio,porque en Roncesvalles había muerto a Roldánel encantado, valiéndose de la industria de Hércules,cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entrelos brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante,porque, con ser de aquella generación gigantea, quetodos son soberbios y descomedidos, él solo era afabley bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldosde Montalbán, y más cuando le veía salirde su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allenderobó aquel ídolo de Mahoma que era todo deoro, según dice su historia. Diera él, pordar una mano de coces al traidor de Galalón, al amaque tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el másextraño pensamiento que jamás dio loco en elmundo; y fue que le pareció convenible y necesario,así para el aumento de su honra como para el serviciode su república, hacerse caballero andante, y irsepor todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventurasy a ejercitarse en todo aquello que él habíaleído que los caballeros andantes se ejercitaban,deshaciendo todo género de agravio, y poniéndoseen ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobraseeterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronadopor el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda;y así, con estos tan agradables pensamientos, llevadodel extraño gusto que en ellos sentía, se diopriesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero quehizo fue limpiar unas armas que habían sido de susbisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho,luengos siglos había que estaban puestas y olvidadasen un rincón. Limpiólas y aderezólaslo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta,y era que no tenían celada de encaje, sino morriónsimple; mas a esto suplió su industria, porque decartones hizo un modo de media celada, que, encajada conel morrión, hacían una apariencia de celadaentera. Es verdad que para probar si era fuerte y podíaestar al riesgo de una cuchillada, sacó su espaday le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizolo que había hecho en una semana; y no dejóde parecerle mal la facilidad con que la había hechopedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornóa hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierropor de dentro, de tal manera, que él quedósatisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experienciadella, la diputó y tuvo por celada finísimade encaje.

Fue luego a ver su rocín, y aunque teníamás cuartos que un real y más tachas que elcaballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le parecióque ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el delCid con él se igualaban. Cuatro días se lepasaron en imaginar qué nombre le pondría;porque (según se decía él a símesmo) no era razón que caballo de caballero tan famoso,y tan bueno él por sí, estuviese sin nombreconocido; y ansí, procuraba acomodársele demanera que declarase quién había sido antesque fuese de caballero andante, y lo que era entonces; puesestaba muy puesto en razón que, mudando su señorestado, mudase él también el nombre, y le cobrasefamoso y de estruendo, como convenía a la nueva ordeny al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, despuésde muchos nombres que formó, borró y quitó,añadió, deshizo y tornó a hacer en sumemoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante,nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de loque había sido cuando fue rocín, antes de loque ahora era, que era antes y primero de todos los rocinesdel mundo.

Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo,quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamientoduró otros ocho días, y al cabo se vino a llamardon Quijote; de donde, como queda dicho, tomaron ocasiónlos autores desta tan verdadera historia que, sin duda, sedebía de llamar Quijada, y no Quesada, como otrosquisieron decir. Pero, acordándose que el valerosoAmadís no sólo se había contentado conllamarse Amadís a secas, sino que añadióel nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y sellamó Amadís de Gaula, así quiso, comobuen caballero, añadir al suyo el nombre de la suyay llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer,declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba contomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hechodel morrión celada, puesto nombre a su rocíny confirmándose a sí mismo, se dio a entenderque no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quienenamorarse: porque el caballero andante sin amores era árbolsin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:«Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte,me encuentro por ahí con algún gigante, comode ordinario les acontece a los caballeros andantes, y lederribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo,o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bientener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinquede rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humildey rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro,señor de la ínsula Malindrania, a quien vencióen singular batalla el jamás como se debe alabadocaballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandóque me presentase ante vuestra merced, para que la vuestragrandeza disponga de mí a su talante»? ¡Oh, cómose holgó nuestro buen caballero cuando hubo hechoeste discurso, y más cuando halló a quien darnombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugarcerca del suyo había una moza labradora de muy buenparecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque,según se entiende, ella jamás lo supo, ni ledio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a éstale pareció ser bien darle título de señorade sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijesemucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesay gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso,porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músicoy peregrino y significativo, como todos los demásque a él y a sus cosas había puesto.


Publicado por damocue @ 18:04  | pruebas
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios